“Cuando mis hijos eran pequeños, ahora tienen 11 y 9 años, tenían terror de cortarse el pelo. Lloraban como si les estuvieran cortando un brazo, como si perdieran algo. Entonces yo les inventaba historias, no las escribía, simplemente se las contaba para darle forma al miedo. No pretendía enseñarles nada. Ellos se divertían, se reían, intervenían esas historias. ‘Cabecita de jardín’ nació ahí”, dice la escritora Mayte Mujica (Lima, 1978) hablando de la génesis del libro infantil que acaba de lanzar. “Ellos me han acompañado todo este tiempo, han pasado varios años desde que la escucharon la primera vez. Ellos fueron mis primeros lectores”.

Lo dice una autora que estudió periodismo y el 2018 publicó la novela “Una ciudad para perderse” (Animal de invierno). También ha sido editora de sellos de ficción y no ficción y ejerce como creadora de contenidos. En ese tránsito ideó la historia de un niño que, de tanto no querer cortarse el pelo, termina convirtiendo su cabeza en un bosque casi encantado. Pista de aterrizaje para aves cantarinas, hábitat de simpáticos insectos y, por supuesto, territorio fértil para la expansión de una flora desbordante. Al final, en su cabeza se terminarán metaforizando valores como la libertad, la generosidad y esa innata cualidad que convierte a los niños en dueños del mundo con tan solo imaginarlo.

Todo lo cual, claro, invitaría a preguntarse si para hacer literatura infantil es preciso pensar como niños. O, por lo menos, ponerse en su lugar mientras se concibe la historia. Hasta convertir el libro en un juguete escrito, digamos. “No sé si sea posible pensar como un niño o una niña siendo adulto. Pero hay que conservar algo de la niñez, quizá el asombro, quizá cierta manera de entender el mundo, como si fuera la primera vez. Yo me llevo muy bien con los niños, me siento cómoda entre ellos. A veces me gusta más estar entre niños que entre adultos. El mundo de los adultos puede ser muy aburrido, se toman demasiado en serio”, anota.

Metáfora y trasvase

Si entre los tratadistas hay algún consenso hablando del género infantil es que casi siempre subvierte las leyes de la física. Toda grandilocuencia y exageración será entonces bienvenida. Consultada acerca de cómo ejerce el control de su imaginario, Mujica responde: “Los niños transitan en ese país donde no hay una frontera clara entre la realidad y la fantasía. Pero tampoco se creen todo lo que uno les dice. Son muy preguntones, cuestionan todo, todo el tiempo. Si no existiera la ley de la gravedad, ¿qué sería posible? ¿Si nunca me cortara el pelo qué ocurriría? Es llevar la situación a un extremo sin ser ridículo”.

Y como escribir para niños implica casi siempre pensar en un probable trasvase hacia la ilustración y toda la gama de procesos transmedia a los que se somete la historia original de la historia, la autora puntualiza: “‘Cabecita de jardín’ nació como una historia oral. Luego la escribí y en ese primer trasvase cambió. Luego, cuando llegó el momento de ilustrarla con Diana Okuma, volvió a cambiar. Hay que escoger qué se dice con el texto y qué se dice con la ilustración que también es un lenguaje. Hay cosas que la ilustración puede expresar mejor que el texto y viceversa”.

¿Y qué grado de complejidad suplementaria supone escribir una novela y un relato infantil y viceversa? “En ambos casos tienes que construir una historia, encontrar una voz, un tono, un lenguaje, unos personajes, una mirada, unas metáforas. Hay libros para niños que son hermosos, pero para las mamás y los papás. El niño es menos paciente, te dará menos oportunidades. Si en la primera página se aburre, chau. Tienes que encontrar la manera de expresar la complejidad de un tema de forma sencilla. Una novela tiene más capas, exige otra complejidad, te obliga a buscar formas nuevas de nombrar las cosas”, remata.

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Por admin