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La semana pasada, mientras investigaba para escribir mi columna sobre el resultado de las elecciones en Estados Unidos, encontré que una palabra sintetizaba la principal diferencia entre Joe Biden y Donald Trump: decencia. Biden, a pesar de su falta de carisma y de los errores que cometió durante sus 50 años de carrera política, es considerado, por tirios y troyanos, como una persona decente. Y esa es una de las cualidades cruciales que separan a los líderes que uno quiere seguir de los jefes a los que se les hace caso por obligación.

La crisis institucional que está viviendo el Perú es consecuencia del más descarado abuso del poder con el único fin de defender los intereses de los parlamentarios y sus financistas. De la irresponsabilidad, la ignorancia y un absoluto desdén por el bienestar de los peruanos. Por eso es que tantos repudiamos a Manuel Merino y su camarilla de secuaces. Por buscar ejercer la presidencia sin legitimidad alguna. Por estirar la letra de la Constitución a su antojo. Por anteponer sus personalísimos intereses a los de quienes dicen representar.

Luego de la renuncia de Merino, solo una persona muy decente podía generar los consensos necesarios para calmar a la población. Y Francisco Sagasti lo es. Al elegirlo presidente interino, este Congreso, a regañadientes, hizo lo mejor que pudo hacer para sacarnos de la situación en la que nos colocó.

Sagasti es un político de centro, respetado inclusive por quienes disienten políticamente con él. Ha sido fundador y director ejecutivo de Grade (uno de los centros de investigación más reputados del país) y ha ocupado diversos cargos en instituciones peruanas y organismos multilaterales (Naciones Unidas, Banco Mundial). Su producción intelectual incluye decenas de artículos académicos y una veintena de libros sobre diversos aspectos económicos, sociales y políticos del Perú. Durante el poco tiempo que ha ejercido como congresista, se ha caracterizado por su voluntad de diálogo, sus propuestas razonables y sus constantes invocaciones a actuar con sensatez. No hay en el Congreso otro parlamentario con un perfil político e intelectual como el suyo.

Si bien no se esperan grandes reformas de un gobierno interino, Sagasti, una vez investido, no deberá perder tiempo en ocuparse de los principales problemas del país. El más importante, creo yo, es la situación económica. La incompetencia de Vizcarra en el manejo de la pandemia y la puesta de perfil del MEF en cuanto a medidas de defensa del empleo formal, han generado una pérdida de puestos de trabajo nunca vista y un incremento sustancial de la informalidad laboral (el golpe no tenía por qué ser tan grande). En ese sentido, la elección del nuevo ministro de Economía será clave, pues no solo deberá ser una figura que calme a los inversionistas, sino que deberá saber cómo lidiar con este Estado tan propenso a la inmovilidad (habilidad perdida desde el inicio de la administración Kuczynski).

En el cortísimo plazo, el nuevo gobierno debe echarle ojo al presupuesto del próximo año, que aún se viene debatiendo en el Congreso y sobre el que se teme que los congresistas, para variar, hayan metido uña privilegiando proyectos que solo los benefician a ellos.

Sagasti posee la decencia necesaria para ser presidente interino. Ahora tiene que demostrar que posee también la habilidad para hacerlo bien.