Tras el caótico y breve gobierno de Manuel Merino de Lama, ayer por la tarde asumió las riendas del país Francisco Sagasti, elegido titular del Congreso el lunes como parte de una fórmula de consenso multipartidario y, en consecuencia, designado para ocupar la presidencia de la República hasta el 28 de julio del 2021.

Luego de lo ocurrido en la última semana, las tareas que deberá emprender el nuevo gobierno han aumentado y este parece reconocerlo, de acuerdo con el contenido del discurso que dio luego de asumir la jefatura del Estado. Por un lado, le tocará navegar la peor crisis sanitaria de los últimos tiempos (cuya resolución no parece que llegará en el corto plazo) y paliar los efectos destructivos que esta viene dejando en nuestra economía. Y por otro, deberá lidiar con la convulsión generada por su predecesor y apostar por un estilo que tiene la responsabilidad y la empatía como ingredientes fundamentales.

Con respecto a la pandemia, el mandatario tendrá que trabajar duro para recuperar el tiempo perdido. Es positivo, así, que en su discurso se haya referido a los esfuerzos para lograr que la vacuna llegue oportunamente a nuestro país una vez que se haya confirmado la viabilidad de una –hay múltiples laboratorios que ya están mostrando excelentes resultados con sus fórmulas–. También será vital que cumpla con su anuncio de emplear la experiencia adquirida en los últimos meses para tomar mejores decisiones que nos permitan mitigar, en la medida de lo posible, el surgimiento de una segunda ola de contagios.

Las medidas por tomar en el terreno económico tendrán que estar estrechamente ligadas a las del campo político. Una de las principales consecuencias del efímero paso de Manuel Merino por Palacio de Gobierno ha sido la desconfianza que su asunción generó en muchos frentes. La calificadora de riesgo Moody’s, por ejemplo, mostró preocupación por que el ahora exmandatario y su Gabinete no fuesen a ponerle frenos al populismo del Congreso. En ese sentido, el mensaje de Sagasti ha sido claro y positivo al señalar que se trabajará para mantener la estabilidad fiscal.

Asimismo, ya no hay espacio para incluir en el equipo de ministros a personas que puedan poner en tela de juicio la meridiana separación que tiene que haber entre los poderes del Estado y debilitar la posición del Ejecutivo en temas importantes. El grupo de ministros liderado por Ántero Flores-Aráoz fallaba en estos puntos debido a las dudas que generaban ciertas declaraciones del entonces primer ministro sobre la reforma universitaria y la presencia de algunos políticos que se habían mostrado abiertamente a favor de vacar a Martín Vizcarra en medio de una coyuntura crítica.

En esa línea, la elección de un Consejo de Ministros que genere la confianza que el nuevo gobernante ha prometido también será clave. Tras la crisis política que hemos vivido estos días, y al tratarse de un gobierno de transición, la legitimidad no solo residirá en la legalidad de los procesos que lo han encumbrado, sino también en que el país considere que se está tomando en cuenta aquello que la administración de Merino ignoró. Esto es, el respeto a las reformas del Estado, la independencia de instituciones como el Instituto Nacional de Radio Televisión, y las demandas expresadas por los manifestantes estos días de tener una clase política más proba.

Felizmente, desde el primer día el jefe del Estado ha mostrado voluntad por escuchar y entender lo que la gente necesita. En ese sentido, el gesto de ofrecer disculpas a las víctimas de la represión policial y el de invitar a los padres de los fallecidos a su juramentación son valiosos y poderosos. Una necesaria y positiva muestra de empatía que hay que resaltar.

En suma, el mensaje del presidente Sagasti ha sido una bocanada de aire fresco tras días de convulsión e incertidumbre nacional. Ahora le toca pasar del dicho al hecho para sanar a un país herido, por el homicidio de dos jóvenes durante las manifestaciones y por los errores de quienes estuvieron antes de él, y gobernar pensando en lo mejor para el país.