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Es indudable que estamos viviendo una de las oleadas feministas más grandes de la historia, quizá incluso más importante que los movimientos pioneros del siglo XX. Una prueba de ello es la marcada tendencia feminista en la oferta de películas y series de las diversas plataformas de streaming. La recién estrenada “Gambito de dama”, ambiciosa miniserie de Netflix dirigida por Scott Frank, marca otro hito en ese sentido.

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Basada en una novela de Walter Tevis –también autor del libro que le permitió a Robert Rossen filmar la obra maestra “El buscavidas” (The Hustler, 1961)–, “Gambito de dama” es atractiva por muchas razones. Una de ellas es su fina ambientación en los EE.UU. de los años cincuenta y sesenta, en plena Guerra Fría, y con el glamoroso surgimiento del ‘american way of life’ entre el viejo puritanismo y las nuevas contraculturas.

Otra razón para ver “Gambito de dama” tiene un nombre propio: Anya Taylor-Joy. A ella ya la habíamos visto destacar, muy niña, en “La bruja” (Robert Eggers, 2015), y luego en dos películas de M. Night Shyamalan (“Split”, 2017; y “Glass”, 2019). Pues bien, no suelo acreditar tanto del éxito de un filme a su actor o actriz protagónica, pero el caso de Taylor-Joy, en esta cinta, es excepcional.

Hay algo hermético y a la vez elegante, entre una timidez observadora y arrebatos de elocuencia llena de carácter, que hacen de Taylor-Joy casi una nueva Lauren Bacall, una versión moderna de los estilos interpretativos –que a veces son casi un estilo de seducción– del Hollywood clásico. La Beth Harmon de Taylor-Joy es huérfana, adicta, obsesiva, y a la vez un ser humano lleno de ambigüedad, dignidad y fascinación.

Tráiler de «Gambito de dama», serie de Netflix | The Queen’s Gambit (Netflix)

Beth no solo se ha quedado sin familia. Desde pequeña, no encaja en los rígidos moldes de género que impone la machista sociedad de la época. Intelectual y algo masculina, opta por aprender ajedrez de la mano del conserje de su orfanato, un impecable y casi mudo Bill Camp. Lo interesante es que este rebelde gusto la acompaña como obsesión peligrosa, pero también como venganza personal.

Desde su refinado estilo algo académico, Scott Frank se atreve a llenar su miniserie de pequeñas inflexiones inesperadas, llenas de una visión muy adulta, y ajenas a la manipulación artera de los sentimientos del espectador. Una de ellas es el tratamiento de las adicciones de Beth, vistas sin extremismos o moralismos sentenciosos. Pero también destaca el tratamiento complejo de los amoríos y amistades de la heroína.

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Con un estilo visual que se aleja del espectáculo gratuito, Frank prefi ere usar tonos íntimos o tonalidades suaves. A la vez, de acuerdo a su elección de la narración clásica y lineal, se concentra en la maduración progresiva de Beth, que nos lleva también hacia el terreno de la crítica social, de un rico caleidoscopio que abarca, desde la floreciente cultura beatnik, hasta las asociaciones cristianas anticomunistas que quieren financiar a Beth.

El aprendizaje afectivo y sexual, y el control de las obsesiones, se dan la mano con retratos tristes y trágicos, como el de la madre adoptiva, abandonada y depresiva que interpreta Marielle Heller. Un reproche que se puede hacer a la serie es su desenlace, demasiado alentador como para refrendar la complejidad vital vista antes. No obstante, esto se ve compensado por el inteligente tratamiento de la gesta de esta niña genio, ya no solo en un ámbito totalmente machista como el ajedrez, sino también en su viaje a una Unión Soviética previa al deshielo. Sin duda, se trata de una de las mejores series de Netflix.

Ficha técnica

Título original: “The Queen’s Gambit”

Género: Drama.

País y año: EEUU, 2020.

Director: Scott Frank.

Actores: Anya Taylor-Joy, Chloe Pirrie, Bill Camp, Marielle Heller.

★★★ y 1/2

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