Se acabaron los estrados, los discursos, los oradores. Han sido reemplazados por los carteles, los lemas, las banderas peruanas. Antes había cantos partidarios. Ahora se canta el himno nacional. Una de las grandes diferencias entre las protestas de antes y la de ahora es que hemos perdido (o quizá transformado) la idea de liderazgo. Antes había un líder único. Se creía en la pureza del que iba a dirigir a su rebaño. Las marchas de la semana pasada, en cambio, se organizaron espontáneamente, como un desembalse de frustraciones acumuladas. La causa no era ideológica o partidaria. Era en defensa de un bien práctico y necesario para la supervivencia: la conducta moral. No sé si habrá un antecedente de algo así en nuestra historia.

Las manifestaciones callejeras siempre han estado con nosotros. Son una protesta final cuando se percibe que no hay otra salida. Las manifestaciones contra la estatización de la banca en 1987 y la Marcha de los Cuatro Suyos en el 2000 son dos ejemplos. Ha habido algunas marchas en los últimos años, como la que protestó contra el indulto a Alberto Fujimori. Sin embargo, la del último sábado trajo un componente nuevo. No era solo una marcha para revertir una medida o derrocar a un gobierno. Lo que los jóvenes han buscado es un estado de cosas distinto. Se trata de establecer unos valores y calidades profesionales a través de las que las autoridades puedan inspirar confianza. El centro de ese deseo no supone necesariamente cambiar la Constitución, lo que, por sí mismo, no solucionaría nada.

Uno de los temas de estos días ha sido la aparición de la poesía en la vida política. El presidente Francisco Sagasti terminó su discurso del martes recitando el gran poema de César Vallejo. No es el único líder que ha recurrido a los poetas. El presidente electo de Estados Unidos, Joe Biden, citó a lo largo de su campaña el verso de Seamus Heaney: “cuando la esperanza y la historia pueden rimar”. La poesía enciende el lenguaje, inaugura un tiempo nuevo, nos habla de lo otro. Despreciado hasta hoy por el apogeo del mercado como único valor, un poema siempre ha sido capaz de decidir el futuro. No hay un acto más eficaz que unas palabras dichas desde del corazón.

Otro tema es la vigencia que siguen teniendo el quechua y las lenguas nativas. El juramento en quechua de Matilde Fernández, la tercera vicepresidenta del Congreso, es un hecho relevante y un mensaje a una enorme parte de la población peruana. Los carteles que aluden al nombre de una de las trágicas víctimas de las movilizaciones, Inti Sotelo, son otra prueba de la vigencia social de nuestro gran idioma. Según el censo del 2017, casi cuatro millones de peruanos tienen el quechua como su primera lengua. Es una cantidad mayor a la que mostró el censo de diez años antes. La valoración del idioma ha ido felizmente elevándose entre sus usuarios. Muchos analistas no toman en cuenta este hecho cultural, pero tenemos ejemplos recientes de su influencia. El mensaje en quechua de Verónika Mendoza instando a no votar por Keiko Fujimori antes de la segunda vuelta del 2016 es solo uno de los ejemplos. Hoy la candidata a la vicepresidencia por el Partido Morado, Flor Pablo, de origen ancashino, es quechuahablante. Estoy seguro de que este puede ser un factor en la campaña.

La calle no siempre tiene la razón, por supuesto. Pero esta vez se ha manifestado y para bien. El sábado, cuando a una de las jóvenes manifestantes un reportero le preguntó por qué protestaba, ella respondió: “Para que la decencia se haga costumbre”.

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