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Francisco Sagasti es, desde ayer, el nuevo presidente de la República. El tercero en los últimos ocho días, poniendo paños fríos a una de las semanas más convulsionadas que hemos vivido en tiempos recientes. Una semana que se inició el lunes pasado con una vacancia apresurada y contraria a la opinión pública, continuó con un gobierno con escasa legitimidad de origen (incluso a nivel internacional) y pobre lectura de la realidad al nombrar un Gabinete resucitado de otras décadas, y que recurrió de manera injustificada a la represión frente al surgimiento de un actor inesperado, que se presumía dormido o aletargado, pero que terminó marcando el rumbo y ser del verdadero poder detrás de la elección de Sagasti, quien salió del Congreso a las calles al finalizar la elección el lunes en reconocimiento de ello.

La semana pasada escribía esta columna con un resumen similar pero de los vaivenes que habíamos vivido en los últimos cinco años, no en los últimos siete días. Lo que sirve para poner estos días en contexto y recordar que seguimos enrumbados en circunstancias similares a un puerto de tránsito visible a la distancia, donde habrá un cambio de tripulación a través de las urnas, pero no libre de escollos por delante.

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La fórmula Sagasti en reemplazo de Merino debería aplacar las movilizaciones populares que se erigieron como el actor decisivo en esta coyuntura al ser el contrapeso social a la captura del poder político por parte de unas bancadas en el Congreso que coincidieron en su objetivo de destituir a Vizcarra, pero carecieron realmente de un norte que les otorgara unidad. Sin embargo, esta historia no termina hoy, porque los vencidos mantienen las armas y su posición en el Parlamento y ya han demostrado un pobre criterio como para esperar prudencia o cordura en este nuevo escenario. Este episodio ha descolocado a muchos y probablemente ha sacado del cálculo una buena performance en las elecciones de abril como acicate para una mirada más estratégica de mediano plazo. Pero los incentivos individuales que los empujan a maximizar el retorno inmediato a su breve paso por el poder no han desaparecido, y no sería extraño ver zarpazos en las próximas semanas.

El detrás de cámaras del proceso que se decantó en la elección de Sagasti, como el publicado por Jonathan Castro en este Diario, es precisamente revelador de ello. Hay partidos con presencia en el Parlamento que fueron vocales en su oposición a la elección de la lista encabezada por Sagasti, como Fuerza Popular y UPP, y otros que probablemente dieron su voto favorable a regañadientes, como APP y AP. Estos partidos deberán conciliar los objetivos electorales de abril del 2021 (por ahora destinados a aspirar a pasar la valla electoral, al parecer) junto con los ímpetus de legisladores sin una reelección a la mano, lo que probablemente marque el comportamiento de este amotinado Parlamento que en tan solo ocho meses ha terminado poniendo a dos de sus miembros a la cabeza del Ejecutivo. Reformas pendientes aguardan y tiempo para proyectos de ley cuestionables hay de sobra, y aunque la presidencia del Congreso esté hoy en otras manos, incluso la propia campaña electoral puede servir de telón para maniobras tras bambalinas.

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