Si algo ha confirmado la política peruana es que siempre se puede estar peor. No lo digo por el desenlace de la crisis, que ha colocado a Francisco Sagasti en Palacio de Gobierno, sino por la vacancia que impulsaron 105 parlamentarios (no olvidemos sus nombres, su irresponsabilidad aupando a Manuel Merino hacia la presidencia de la República no tiene atenuantes) y la absurda demora en resolver la metida de pata que había consagrado este Congreso. Una y otra vez, se dijo que el Parlamento que sucedería al disuelto en el 2019 no podía ser peor y hoy sabemos que esto no era cierto.

Sin embargo, veamos lo que viene ahora. Y no será la “luna de miel” que acompaña a todo nuevo gobierno. La gravedad de la pandemia exige decisiones y acciones inmediatas. ¿Queremos una transición viable, sin nuevas pugnas políticas de aquí hasta julio del próximo año? Solo queda subordinar el verso y ponerse a trabajar a tiempo completo.

Y en este caso, trabajo político no significa instalarse en una oficina de la Presidencia del Consejo de Ministros (PCM) y creer que así se maneja el Perú. Las demandas ciudadanas actuales son muchas y el Congreso intentará convertirse en su principal intermediario, exigiendo acciones y decisiones una vez que descienda la marea tras el ‘tsunami’ que le pasó por encima. Sagasti y su equipo ministerial deberán salir a correr la cancha, visitar las regiones, escuchar a las personas y proponer soluciones a corto y mediano plazo. La ciudadanía –que, en gran parte, apoyó las marchas o se movilizó directamente hasta parir este régimen de transición– no será más un observador pasivo. El presidente Sagasti debería ser el primero en entenderlo.

Su Gabinete ministerial genera confianza entre empresarios y analistas, pero aún resta lo más importante: ganar el favor de una opinión pública asfixiada por promesas que nunca aterrizan. Los perfiles profesionales en la PCM, así como en ministerios clave como Salud, Educación, Interior y el MEF son auspiciosos, pero se requerirá una mejor ejecución del presupuesto que la mostrada por el Gobierno de Martín Vizcarra, cuya gestión gubernamental fue deficiente. Con la transición, vuelve el imperativo de un Ejecutivo que sepa comunicar sus acciones y sus logros. Que lo coloque en mejor posición para negociar y, si es el caso, enfrentar los embates de un Parlamento que necesita recuperar terreno y que intentará hacerlo reactivando propuestas populistas y, a la vez, populares, en medio de la campaña electoral que se avecina (la mal llevada “reforma del sistema previsional y de AFP” es solo la primera de ellas).

Superar la crisis fue difícil, pero lo más complicado aún está por llegar.

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