“La buena suerte”, el último libro de la escritora española Rosa Montero, cuenta la historia de un hombre que, repentinamente, se baja del tren antes de llegar a su destino, en el pueblo más feo del mundo. En Pozonegro –así se llama el lugar–, Pablo Hernando, un hombre con una vida exitosa, compra un mugroso departamento ubicado al lado de las vías del tren y, ahí, decide desaparecer. Borra su identidad, se convierte en un ser anodino y vive por inercia. Raluca, una joven de origen rumano, es su vecina. Ella no ha elegido vivir en Pozonegro, pero allí disfruta de una vida que para otros sería gris, pero que para ella es radiante. La historia, que recomiendo disfruten sin que yo se las cuente, enfrenta a dos personajes opuestos: el que lo tiene aparentemente todo y no quiere nada, contra la que vive con poco y disfruta mucho. Pablo Hernando encarna la desazón del que cree que ha fallado en la vida. Raluca, el optimismo, el desapego y la convicción de que no somos lo que nos toca, sino lo que decidimos ser.

La historia de Montero, que podría ser simplemente una más de sus buenas novelas, trae una reflexión importante que vale la pena recoger en estos momentos: nos obliga a cuestionarnos sobre la diferencia entre el Bien y el Mal, así, con mayúsculas. Nos obliga a preguntarnos si los seres humanos somos pérfidos, egoístas e infelices por naturaleza, o si es la bondad nuestro estado natural. Montero no ofrece una pastilla de autoayuda con la respuesta (sería incapaz de hacerlo), pero a través de las acciones y características de Pablo y Raluca va dibujando un mundo en el que a los seres humanos no nos dividen la riqueza o la pobreza, la salud o la enfermedad, la belleza o la fealdad; lo que realmente nos distingue es la maldad de la bondad.

En un mundo de maniqueísmos, en el que todos señalan al otro con el dedo, el texto de Montero no se decanta por el reduccionismo ni por el facilismo. No apuesta por las dicotomías. Los seres de sus historias pueden ser buenos, pero nunca son perfectos; pueden ser buenos y hacer maldades; pueden ser malos y redimirse; pueden convertirse en una mejor versión de sí mismos, si es que le encuentran un sentido a sus vidas. Solo el 1% de la humanidad lo constituyen psicópatas que pueden descuartizar a una persona viva sin que los asalte el más mínimo arrepentimiento. El resto somos personas normales, comunes y corrientes. Yo diría que casi siempre sosos como Pablo, y pocas veces con las agallas para ser felices como Raluca.

En estos últimos 15 días, la marea de jóvenes en las calles reclamando justicia nos ha recordado eso por lo que apuesta la novela de Rosa Montero: que si la humanidad quiere sobrevivir como colectivo, es el bien por el otro lo que la mueve. Hemos reafirmado el principio, olvidado tantas veces por culpa de la demagogia y del individualismo barato, de que existimos con los otros y para los otros. Los videos, las fotos y los testimonios que los policías no quieren ver lo dejan claro: una chica desactivando una bomba lacrimógena, un estudiante de medicina asistiendo a un desconocido ahogado por los gases, un ‘skater’ poniendo su patineta como escudo, constituyen una manada que se protege, que cuida a los suyos para salir adelante.

Al frente, un grupo de policías que dispara, que agrede, que reprime y que le quita la vida a un joven indefenso, no representa la maldad; no son asesinos locos apostados en el techo de un hotel matando transeúntes. Son el último eslabón de una retorcida clase política que una vez que llega al poder convierte a los ciudadanos en los otros. Renuncia a trabajar con ellos, para ellos y, cuando los escucha reclamar, da la orden para que alguien más se ensucie las manos: preparen, apunten, fuego.