Frente a la abrumadora evidencia de que ya no tenían otra salida, los 105 vacadores –que hace solo diez días se sentían todopoderosos– se rindieron incondicionalmente.

Escribí hace una semana (¡parece un siglo!), que el Congreso “cual coche sin frenos en bajada, se llevó de encuentro al país”. Corrijo; en realidad, casi se lo llevaron de encuentro. Nos pusieron al borde del abismo de la ingobernabilidad y solo en el último instante, ante la abrumadora presión de las calles, aceptaron votar por Francisco Sagasti, su némesis, para presidir la transición hasta el 2021.

Sagasti es una muy buena elección. Con una larga vida profesional marcada por su interés en la cosa pública, puede darnos la estabilidad y la decencia que el país necesita.

El primer responsable de lo ocurrido es, por supuesto, este Congreso, cuyas principales bancadas traicionaron lo que ofrecieron en campaña para conseguir votos; a saber, adecentar la política, generar condiciones para que las elecciones del 2021 tuviesen mejores reglas y eliminar el ‘otoronguismo’.

Hicieron todo lo contrario. No los aburriré con una recapitulación sobre su breve e infame historia. Y no soy suficientemente optimista para pensar que hayan cambiado. Dicen que “gallina que come huevo, aunque le quemen el pico”. Pero ahora el país estará mucho más alerta.

Martín Vizcarra, por otro lado, también puso lo suyo. No repetiré las serias acusaciones en su contra. Solo agregaré que estas ya no son solo las de un fiscal, sino que han sido lo suficientemente contundentes como para que un juez le ordene no salir del país durante un año y medio. El domingo, cuando se dio cuenta de que los vacadores habían sido derrotados, se presentó ante la prensa con su camisa de presidente, en un mensaje nada subliminal de que quería retornar.

No dudo de que siga siendo popular, pero su momento ya pasó. A los dos días de iniciadas las protestas, reponer a Vizcarra en el poder ya había dejado de ser la razón de las movilizaciones. Entre los carteles que más llamaron mi atención, estuvieron los que decían: “Vizcarra, no es por ti, es por el Perú”. El Tribunal Constitucional (TC) también ha dicho que mirará hacia adelante y que establecerá las indispensables precisiones para que no se abuse del derecho parlamentario de vacar presidentes.

Otro factor que explica este resultado ha sido la ceguera de Manuel Merino, Ántero Flores-Aráoz y varios de sus ministros, que parece que se pusieron el fajín en los ojos. Con una honestidad que hay que reconocer, el presidente del Consejo de Ministros admitió que existía una brecha generacional entre los que protestaban y los que aspiraban a gobernar: “quiero comprender que algo les fastidia, pero no sé qué”, afirmó.

Una ayudita. Los indignó, por ejemplo, que su ministro de Educación los llamase “salvajes” y manipulados por el Movadef. También, que el ministro del Interior ofreciese versiones contradictorias sobre el uso de armas no letales en las protestas y hablase de “percepciones” cuando se cuestionaban episodios de violencia policial. No habían pasado ni tres días y el fugaz gobierno de Merino se sumó al Congreso como objetivo de la indignación de las marchas.

El país que emerge de esta crisis está muy dolido y de luto por las muertes de Jack Bryan Pintado Sánchez e Inti Sotelo Camargo. De alguna manera, ellos encarnan a cada uno de los manifestantes y a sus padres, que esperábamos que nuestros hijos retornasen sanos y salvos de las manifestaciones. Es imprescindible establecer responsabilidades individuales en la cadena de decisiones, desde arriba.

¡Qué año tan triste también para los policías! Fueron, primero, víctimas de sus propios jefes, que se robaron descaradamente el dinero asignado para protegerlos de la pandemia. La tasa de muertes per cápita de policías por el COVID-19 en nuestro país ha sido 3,5 veces mayor que la del resto de ciudadanos. Ellos trabajaron durísimo durante estos meses y ahora les ha tocado una nueva crisis.

Varios de mis amigos policías me han escrito dolidos porque ahora los tratan como “asesinos del pueblo”. Muchos de sus hijos estuvieron también entre los manifestantes. No creo que ninguno haya salido a las calles con la intención de matar gente. Sin embargo, la tragedia está allí.

La PNP atraviesa por un pésimo momento y la altísima rotación de ministros y de funcionarios en el alto mando de la institución son una parte de la explicación.

Siempre he sostenido que la PNP puede, apoyándose en los mejores capítulos de su historia y liberándose de sus peores taras, convertirse en la institución más respetada del país.

Pero para eso hay que reformar y modernizar. Vizcarra, no obstante, abandonó todos los esfuerzos de su predecesor en ese sentido, creyendo que bastaba con designar como ministros “a policías que, por serlo, supieran del sector”. La crisis de la seguridad ciudadana y, ahora, del manejo del orden público han sido el resultado de esto (lo digo con la libertad del que no aspira, ni aceptaría, ningún cargo en este gobierno de transición).