Es grave. Nuestros políticos gobiernan un país imaginario. Uno concebido apenas por ellos y sus asesores. Esto se desprende de la conducta de Manuel Merino y el Congreso al perpetrar “una de las conspiraciones políticas más estúpidas del siglo XXI” (Steven Levitsky). Gran parte de esta torpeza reside en el hecho de haber gestionado una grave crisis política bajo estándares, más bien, del siglo pasado.

Se dice rápido, pero no se pondera lo suficiente: quienes habitamos este planeta en el año 2020 somos los protagonistas privilegiados de una vorágine de cambios de una magnitud nunca experimentada. Cada cinco años, la tecnología pega saltos cuánticos que lo afectan todo, desde la manera en que nos comunicamos, nos relacionamos, consumimos información y también cómo participamos de los asuntos públicos. El tradicional concepto de brecha generacional caduca por insuficiente.

Un político que de verdad esté preocupado en representar a los ciudadanos (o al menos en obtener sus votos) debería adentrarse regularmente en los exóticos dominios de millennials y centennials, empaparse de su manera de pensar, saber cómo viven, qué sienten y cómo interactúan con el mundo.

Hace pocos días, sin embargo, vimos a nuestros políticos transitar con entusiasmo el camino opuesto: el de la desconexión total. Manuel Merino y sus 105 cómplices calcularon que nada importante les pasaría luego de consumar un flagrante acto de traición a la democracia no solo ante millones de peruanos, sino especialmente ante la que hoy conocemos como la generación del bicentenario (Noelia Chávez).

En el 2000, cuando cursaba la secundaria, se realizó la Marcha de los Cuatro Suyos. Dado que la gran mayoría de medios tradicionales estaba sojuzgada, un escolar como yo tenía que escarbar para poder obtener información sobre las miserias del régimen. Y, si uno quería movilizarse, los costos de organización eran altos: no teníamos celulares, ni redes sociales. Por ello, a pesar de que me revolvía de indignación, no pude canalizarla casi de ninguna manera.

Hoy, necesitamos detenernos un poco y dimensionar el poder que tiene, desde su computadora o smartphone, un chico de 16 años realmente enfadado. O uno de 20, de 25. En la punta de sus dedos cuentan con toda la información al instante. Poseen ilimitadas y poderosas herramientas de organización. Y tienen plenas habilidades para usarlas.

La clase política le tiró un varazo en la cabeza a un animal mitológico dormido. Este dio algunos coletazos años atrás, como en las marchas de los ‘pulpines’ o la ‘repartija’ o por el indulto a Fujimori. Episodios que, a pesar de resultar victoriosos, nuestros políticos parecen subestimar. Este mes, sin embargo, lo vimos sobrevolar con toda majestuosidad, nada menos que para derrocar a un presidente en un lapso inverosímil: seis días.

Merino y sus cómplices provocaron una crisis de confrontación contra un enemigo que difícilmente podrían vencer. Uno con el que no podían dialogar porque era masivo, espontáneo, sin líderes, ni organización central. Uno con el que no podían negociar porque no tenía objetivos claros. Uno movido por el enojo y la emotividad.

Y, especialmente, uno al que la represión enardece más: la combinación de redes sociales y ubicuidad de cámaras móviles hacen que los actos policiales, en vez de ocultar y aplacar la protesta como en el siglo XX, amplifiquen exponencialmente las imágenes de abuso por las redes sociales y así despierten más indignación y más protesta. Un perfecto bucle de retroalimentación positiva.

No considero, necesariamente, que de esto se derive una primavera de involucramiento juvenil. Es probable que la movilización se modere siempre que sigamos retomando mínimos cauces democráticos y no se apañe la impunidad. Nuestro contexto no es el de Chile.

Sin embargo, hay lecciones que nuestros políticos, con urgencia, deben rescatar. Basta del negacionismo y la ceguera científica al pretender que las encuestas “no sirven”. Desháganse de sus cámaras de eco. Hagan política profesional: investiguen la opinión de sus ciudadanos, trabajen para representarlos. Y más vale prestar cuidadosa atención a la generación del bicentenario porque, ya deberían saberlo, el Perú que ustedes creen gobernar no existe más.