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No me sorprende que se diese una fuerte reacción en la calle contra la vacancia de Martín Vizcarra. Dos encuestas de opinión, IEP e Ipsos, muestran el grado de rechazo de la ciudadanía respecto a los actores involucrados en la vacancia, tanto el Congreso como Merino, el breve, y su gabinete. Era demasiado.

Pero sí me sorprendió, les soy franco, la magnitud y extensión de la protesta. Los altos números de participación que arrojan ambas encuestas confirman las impresiones sobre las marchas: masivas en los sitios habituales, pero también en regiones y muchos distritos de Lima. Un movimiento juvenil amplio, diverso. También vimos una actividad paralela en redes sociales donde, como en “Ready Player One”, se libraban batallas virtuales de gran relevancia.

¿A dónde llevará esta nueva participación y malestar? ¿En qué procesos se cristalizará? Difícil señalarlo, más en un momento en que lo más prudente y respetuoso es mirar y escuchar para entender. Los actores de la protesta, las demandas y sus contenidos, sus formas de articulación y coordinación, son diversos. Habrá con seguridad énfasis muy distintos por regiones y sectores sociales. Esos contornos los iremos conociendo de a pocos, sin perder de vista que entrarán en disputa distintas narrativas.

En medio de estas dudas, quería dejar una reflexión de alguien que marchó hace veinte años contra un régimen autoritario y que vio cómo, poco a poco, la normalidad se comía varias de sus expectativas. Hoy sabemos que ni bien acabó el gobierno de transición los viejos y nuevos partidos iniciaron el robo a manos llenas. Mi sensación, y sospecho la de varios en mi generación, es que fallamos. Esta experiencia puede ayudar a que esta vez lo hagamos mejor.

Es crucial reconocer la relevancia de esta ciudadanía activa. Estudios sobre la calidad democrática, la lucha contra la corrupción, la mejora en los servicios públicos, entre otros, señalan que la demanda ciudadana es crucial para lograr cambios positivos y mantenerlos en el tiempo. Cientos de estudios en ciencias sociales se preguntan qué lleva a esta demanda. Pues a veces en momentos como este, cambios políticos y económicos previos llevan a que un grupo ciudadano suficientemente amplio pueda activarse y actuar como grupo de presión.

Una gran cantidad de peruanos rechazó la trampa del Congreso, no quiso ser gobernado por los intereses de las bancadas vacadoras y reaccionó con firmeza frente a la degradación rápida de la democracia. A la vez que denunciaban la corrupción e insuficiencia de las instituciones existentes, también pelearon por defender partes de esa institucionalidad que sí valoran y veían derrumbarse. Reconocer esas coincidencias en la diversidad ayudaría a establecer una agenda mínima de lo que hay que cuidar en el Estado y la política y lo que urge reformar.

Pero hay también una advertencia en lo que nos pasó hace veinte años. Para que esas demandas tengan más impacto y continuidad hay que acortar la distancia entre políticos y ciudadanos. Los líderes y grupos políticos que supieron leer la calle tienen ahora que ser humildes y creativos para acoger esa energía, ceder espacios a los jóvenes y mostrar que sí pueden ofrecer algo distinto. Y a los marchantes les recomendaría no cometer el error de mi apolítica generación, que tenía alergia a la participación política.

Así, los elegidos el 2001 tuvieron cancha libre para desarrollar formas de corrupción dentro del Estado; a veces por interés propio y otras en contubernio con actores privados. Mejor suerte que los partidos tuvo una sociedad civil que, aunque también débil, ha actuado en estos días en forma efectiva. Esa participación en distintos espacios es clave. Desde dentro o desde fuera, vigilando y demandando.

Sería muy tentador concluir mencionando lo del búho de Minerva y su vuelo en el crepúsculo: cuanto todo se pudrió reaccionamos. Prefiero prudencia. El inicio de la oscuridad puede ser solo el anuncio de más oscuridad. Pero hay buenas razones para creer que algunas cosas fundamentales están cambiando. Y para bien.